Ed Sulliband


jueves, 13 de noviembre de 2008

La escritora (1ª parte)

Llegó a la plaza una mañana fría de otoño, y con su llegada cayó la última hoja del árbol de aquel bello lugar. Vestía un fino y albo vestido de seda, sus rasgos estaban parcialmente ocultos por el cabello plateado que le caía hasta los hombros. Su caminar era cansino y desganado, parecía cargar un gran peso sobre su espalda, mas unos cuantos kilómetros andados. Se sentó en un viejo banco frente a una mesa, al lado crecía un fuerte roble y más allá florecían las más hermosas rosas, en las afueras de la ciudad seguramente, los campos de orquídeas dejaban caer sus pétalos para volver a florecer en primavera. En un brazo llevaba un elegante bolso negro del que sacó un gastado pergamino amarillento, un tintero y una pluma. Allí se quedó.

Nadie (incluyéndome a mí) sabía quien era. Nunca la habían visto por allí ni habían oído hablar de ella. Con el paso de los días el barrió fue inquietándose más y más, y las primeras denuncias llegaron a la policía, pero la plaza era un lugar público y aseguraban que no podían hacer nada si ella no estaba cometiendo ningún ilícito. Después de todo lo único que hacía era escribir.

Cuando la gente se le acercaba, ella no se molestaba en seguirlos con la mirada, cuando alguien le preguntaba algo ella simplemente respondía siempre lo mismo, con la misma voz gutural y encantadora a la vez:

―Estoy escribiendo.

No importaba lo que le preguntaban, la respuesta siempre era la misma, e inmediatamente continuaba con su manuscrito.

Había pasado más de un mes así, la pila de hojas repletas de palabras se acumulaban a un costado de la mesa, y sin embargo seguían saliendo más y más de adentro del bolso. Tampoco la tinta se le acababa, ni su energía, puesto que nunca nadie la había visto dormir.

Yo, desde la ventana de mi habitación la veía día tras día, cada vez más intrigado.

Una tarde, un niño del barrio se le acercó e intentó leer alguna de las palabras que escribía sin cesar, inmediatamente la mujer frenó su actividad, y bruscamente le dio la hoja que ella estaba escribiendo. El niño se sorprendió y la tomó con la mano trémula. Para mí fue emocionante presenciar esto, era la primera vez que la mujer frenaba su escritura en todo ese tiempo. El pequeño, asustado, se alejó con la hoja en su mano y nunca más se supo de él. Sus padres no lo buscaron y nadie nunca preguntó por él. ¿Acaso había sido una ilusión mía? ¿Era posible que nadie se preocupe por su paradero?


El invierno llegó con las primeras lluvias de la temporada y mi intriga era cada vez más enfermiza, ya no salía de mi casa para ver a la misteriosa mujer y casi no me movía de la ventana para no perderla de vista. Lo cierto es que las escrituras ya habían ocupado toda la mesa y gran parte del suelo a su alrededor. Los pocos que se atrevían a tomar alguno de sus escritos no eran vistos nunca más por allí, y nunca nadie más los buscaba ni preguntaba por ellos. Sin embargo, ella seguía sacando hojas de su bolso y seguía escribiendo quién sabe que.

Moría por hablar con ella o por leer algunas de sus palabras, pero a su vez, una extraña sensación me impedía eso. Talvez era miedo, pero también podía ser el respeto a su obra, interrumpirla sería como haber interrumpido a Da Vinci mientras pintaba La Gioconda, o a Miguel Ángel mientras creaba El David, o a Beethoven mientras componía su novena sinfonía… o a Dios durante La Creación. Con el tiempo comencé a aborrecer a la gente que se le acercaba con intenciones de interrumpirla. También pensé en acercarme a ella y alejar a los curiosos, pero talvez mi compañía también la estorbe, y yo no quería eso por nada del mundo.

La observaba durante todo el día y hasta que el sueño me vencía por la noche, luego, la luz del amanecer me despertaba y seguía con mi vigilia. Comía muy poco, pero mucho a diferencia de ella que en ningún momento probaba bocado, bebía lo indispensable y mis necesidades las aguantaba el mayor tiempo posible. Y ella allí seguía, inagotable como la tinta de su tintero, como las hojas de su bolso, como las palabras que formaban sus trazos, como los trazos que formaban sus manos… Como mi obsesión por ella.

Una noche de las tantas en las que yo me desvelaba observándola llegó un camión de la basura y se bajaron dos corpulentos hombres, riendo a carcajadas la insultaron, la maldijeron, y hasta la escupieron; mi rabia incrementó de sobremanera mientras miraba sin poder hacer nada. Ella no se defendió ni dejó de escribir ni un solo segundo, ni siquiera se sobresaltó cuando los hombres tomaron todas las escrituras y las tiraron dentro de camión. Cientos de hojas yacían ahora sin sentido en las oscuras fauces de ese demonio metálico. Todo el trabajo de meses de la mujer había desaparecido en unos pocos segundos. Luego, sin dejar de reír los hombres se marcharon. Yo quedé perplejo, impotente; ella simplemente se limitó a encogerse de hombros, sacar una nueva hoja de su bolso y seguir escribiendo.

continuará...

11 comentarios:

Gustavo dijo...

Pasaste por mi blog y me invitaste.
Y vine a visitarte.
Sabelo.
No tuve tiempo de leer, pero voy a hacerlo.
Y luego te comento.
¿Tá?

Gustavo dijo...

Me gustó. Muy interesante y original.
Voy a seguir leyendo otras entradas.

Saludos.

Euterpe dijo...

Que interesante este blog..me gusta!

Te recomendamos en nuestro blog, te parece bien?:)

Un besito!*

ade dijo...

- Gracias por tus palabras escritas en mi blog. Las palbras escritas nunca seran palabras perdidas, las de tus escritos son muy conmovedoras, la musica de tu blog, muy buena. Segui escribiendo, lo haces muy bien. Muchísima suerte en todo lo que decidas hacer, tenes la fuerza de tus jovenes años, aprovechalos segundo a segundo. Ade

fgiucich dijo...

Gracias por visitar mi casa y dejar tus comentarios. Volveré. Saludos.
PD la mejor forma de mejorar la escritura es leer, leer mucho. Vale.

sin sello dijo...

gracias por pasar
me gusta mucho tu idea ¡
no estaria malo =)

te cuidas
adie u¡

Mar dijo...

No creo que necesites que nadie te diga nada, como te respondí en Itinerarios.
No hay más que la propia búsqueda.

Espero con ganas las segunda parte de la historia. Gracias por pasar por los blogs.

Un beso

Nanu dijo...

Me gustó mucho este relato. Me hizo pensar en esta sensación que se tiene al escribir, cuando el tiempo se detiene y el mundo se vuelve garabatos con forma de abecedario. Los recovecos del tiempo se pierden en las hojas perdidas sobre la mesa.

Espero con ansias la continuación.

Gracias por pasar por mi blog. Nos estamos leyendo

Besos nocturnos dijo...

por ahi navegando a eso de las...4:15 de la madrugada(colombia) pase por aca, volvere a pasar, me gusto,,,un abrazo. sabes?..no puedo dormir, por lo menos hasta q salga el sol. jej

Armorius dijo...

Contento de seguir los ritos, te devuelvo yo también tu amable visita. Padezco una enfermedad peor, te cuento por si te consuela: los fantasmas me poseyeron con su sensibilidad, pero la escritura se la dejaron a otros.

Nelly dijo...

Inquietante, fue mira la gota de agua pendiente de una hoja...se balancea, cae... ¿no cae? Y si me voy a dormir? ..y si cuando cierro los ojos, se va ?

Me inquietó. Eso es bueno , lo estático esta muerto, lo inquieto no..

La señora gorda del súper