
Los días seguían transcurriendo, uno tras otro en un eterno derrumbe del tiempo, y yo en mi habitación, tan impasible como ella. No podía dejar de mirarla ni de cuestionarme cosas de ella: ¿Qué escribía? ¿Cuál era su nombre? ¿De donde provenía? ¿Por qué hacía lo que hacía? ¿Hasta cuándo lo haría? ¿Por qué nadie se fijaba en ella tanto como yo? Ninguna de mis preguntas conseguía una respuesta, yo tampoco las buscaba, sólo me limitaba a mirarla… admirarla. Tal vez eso era el amor.
Pronto la pila de hojas escritas había alcanzado el tamaño que tenía cuando los recolectores de basura se llevaron todo. El aborrecimiento que sentía por la gente que se le acercaba se convirtió en un odio despiadado. Ella, tal vez ni sabía que yo existía, pero para mí, aquella misteriosa mujer lo era todo. Estaba obsesionado, y ella seguía escribiendo.
El invierno terminó y los primeros capullos florecieron con la llegada de la primavera. El color de las flores sólo incrementó la belleza de aquel paraje, mi amada seguía allí, escribiendo perpetuamente, rodeada de hojas con sus escrituras, irradiando poesía de sus manos, despertando intriga a quien pasaba cerca de ella, haciendo magia con su pluma.
Mi vida era cada vez más lamentable, pasaba días enteros sin comer y noches en vela sin dormir. Una larga barba me crecía hasta el pecho y ya tenía el cabello enmarañado, mi aspecto era deplorable. En cambio, ella estaba siempre igual de hermosa, como el mismo día en que había llegado, su vestido seguía blanco e inmaculado, su cabello oscuro y brillante. ¿Sólo yo me percataba de la magia a su alrededor?
Las escrituras seguían acumulándose a su alrededor, cómo columnas esculturales de frágil papel. La gente ya no se acercaba a ella, algunos preferían caminar por la vereda de enfrente; otros ya casi no la miraban, lo que era un alivio para mí. Otros la ignoraban por completo, la atmósfera a su alrededor se veía distinta, ¿acaso sólo yo lo notaba?
Las flores continuaron con su danza de renacimiento hasta la llegada del verano, tal vez los campos de las afueras estaban cubiertos de orquídeas, sin embargo a mi no me importaba. Sólo me importaba ella.
La tormenta. Aquella agua malhechora parecía no mojarla. Aquel viento despiadado parecía no despeinarla. Mientras tanto las gotas caían con violencia obnubilándome la visión de mi amada. ¿Qué dirían esas hojas? Esa tarde tendría la respuesta en mis manos, pero la cobardía y el miedo a la desilusión me impidió conocerla. Hasta el día de hoy.
Un astuto vendaval separó un pétalo de aquella flor de palabras, una hoja del montón que se juntaba a los costados de mi mujer. Sagaz voló hacia mí, penetró por mi ventana y se posó sobre mi regazo, mientras ella me miraba desde la plaza, con una hermosa sonrisa. La más hermosa que los ángeles y los demonios podrán demostrar jamás.
Fue entonces que mi cordura me permitió vivir un poco en la locura y escribir este pequeño diario, resumen de lo sucedido en este año, desde que llegó ella a la plaza. Cuando firme al final de estas memorias, lo dejaré para que lo lea quien lo encuentre, y luego leeré aquella hoja que llegó a mí por gracia del viento. Pero antes dejaré algunas últimas palabras.
¿Por qué hice y viví todo esto? Estaba obsesionado, dirán algunos: y si, ¿quién que ama no lo está? Estaba completamente loco, opinarán otros: y si, ¿quién que ama no lo está? No tenía ni una pizca de cordura, afirmarán terceros, a lo que yo les digo: tuve la suerte de perder esa cordura al conocer el amor.
Pues sí, esta es y fue mi manera de amar, es la única que conozco y la única que jamás olvidaré. Dando todo, hasta mi propia voluntad, entregándome por completo a la corriente de este río presuroso que me llevó a conocer los paisajes más hermosos desde mi habitación, sin moverme ni un centímetro, simplemente observándola…
Adiós.
T. S. A.
E.S.P.A.D.A.